A través de esas explicaciones que voy a dar hoy en este artículo, tan increíbles y a la vez tan lógicas de la ciencia de la trasmigración de las almas a través de los siglos, me quedé, por largo tiempo, en un estado de vulnerabilidad absoluta. Inmersa en la compenetración de la filosofía hindú sobre los conceptos de las reencarnaciones, familiarizándome con los brahamán, y el maya, que para los hindúes significaba una denominación del mundo en que el Yo y Dios son idénticos.
En la vida real, la sociedad de nuestro tiempo tiende siempre a ridiculizar esas creencias que tan sagradas son en Oriente el alma, creyendo únicamente en aquello que se toca, se mide o se observa. Pero cuando los hombres no llegan a comprender los hechos que sobrepasan el alcance de los sentidos materiales, no queda otra opción que la de recurrir a una fuente de conocimientos superiores.
Permanecí con las gemelas hasta junio de 1917 y volví a quedarme en casa de Paloma a la espera de otro trabajo. Por suerte, ya tenía una habitación en la que, aun a medio terminar, podía dormir a solas y con la puerta cerrada. Durante las vacaciones de ese verano nos íbamos a bailar. Doña Catalina, antes de salir, nos recomendaba: «Ya lo sabéis: siempre que un joven os invite a danzar no permitáis que os apriete demasiado. Tenéis que dejar el suficiente espacio para que entre ellos y vosotras pase el Ángel de la Guarda».
Al llegar el otoño, me ofrecieron un nuevo empleo al servicio de otra distinguida familia. Allí tuve por alumna a una jovencita de catorce años bastante indisciplinada.
Mi estado de ánimo por esas fechas, tras sufrir un fuerte resfriado, no era muy óptimo. De golpe comencé a experimentar una súbita flaqueza física, llevándome a caer en un abismo emocional. Creo que la causa principal de ese estado se debió a la presión soportada durante tantos años, sumada a la fiebre que me torturó más de una semana, y porque a pesar de Paloma y su familia, me sentía muy sola. En mi trabajo, durante las horas de descanso sólo me estaba permitido dar algunos paseos por el parque, y esa situación había comenzado a mellar mi espíritu. Era muy difícil sobrellevar una buena educación y extensa cultura junto a la mayor de las pobrezas. El alma se había equivocado al presagiarme que un día yo iba a ser muy feliz. Ni siquiera había logrado desentrañar las raíces de aquellos tormentosos sueños de amor. Poco a poco, fui saliendo de aquella mortificante apatía hasta lograr volver a ser la misma joven de siempre, fuerte y valerosa.
Mostrando entradas con la etiqueta ideas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ideas. Mostrar todas las entradas
viernes, 28 de septiembre de 2012
martes, 21 de agosto de 2012
Las viejas historias de instituto
Recordando los amores del colegio
Tengo muchas cosas en qué pensar antes de volver a casa —dije. —Ya atarás los cabos sueltos, Em, sé que lo harás. —No lo sé, tengo la sensación de que algo muy gordo ha sucedido aquí, algo que tiene que ver con mi tía y mi familia. Un secreto de familia. Ah, y también hay un diario, que he hallado en el cuarto de invitados. —¿Un diario? —preguntó intrigada. —Es viejo, el diario de alguien que empezó a escribirlo en 1943; tal vez sea el comienzo de una novela, no estoy segura.sábado, 28 de julio de 2012
La casa de Bee en Japón
Yo era incapaz de ver si las lilas estaban florecidas o si el rododendro era tan exuberante como lo recordaba, o si había la marea baja o alta. Pero, incluso en la oscuridad, el lugar me pareció efervescente y chispeante, como si el tiempo no hubiera transcurrido.
—Hemos llegado —dijo Bee, y frenó con tal fuerza que tuve que sujetarme—. ¿Sabes lo que deberías hacer?
Yo había anticipado sus exactas palabras : Deberías ir a mojarte los pies en el estrecho dijo, señalando la playa—. Te haría bien. Mañana contesté sonriendo—. Lo único que deseo esta noche es entrar y hundirme en un sofá.
—Está bien, cariño —me dijo, arreglándome una mecha de pelo rubio detrás de la oreja. Te he echado mucho de menos.
Enlace de la información: Trabajar en el extranjero
También yo dije
Apreté su mano entre las mías. Saqué mi maleta del baúl y la seguí por el sendero de ladrillos que llevaba a la casa. Bee había vivido allí mucho tiempo antes de casarse con tío Bill. Sus padres habían muerto en un accidente de automóvil cuando ella estaba en la facultad, y, como era hija única, le dejaron una fortuna, con la cual efectuó una compra singular y significativa: la mansión Keystone, la antigua casona colonial de ocho habitaciones que había estado clausurada durante años y por la que pagó una suma astronómica. Desde 1940 los lugareños vivían discutiendo acerca de cuál había sido el acto más excéntrico de Bee: comprar aquella casa enorme o restaurarla por dentro y por fuera.¡Todas las habitaciones para mí!
Gozaban de la vista del estrecho gracias a sus grandes ventanas a la francesa, de dos hojas, cuyas bisagras chirriaban en las noches de viento. Mi madre siempre decía que aquella casa era demasiado grande para una mujer sin hijos. Pero yo creo que estaba celosa, porque ella vivía en una casa estilo rancho californiano de tres dormitorios. La gran puerta principal crujió cuando Bee y yo entramos. —Ven —dijo—, encenderé la chimenea y después nos serviré una copa. La observé mientras acomodaba los leños en la chimenea. Pensé que debía ser yo y no ella quien lo hiciera. Pero me sentía demasiado cansada como para Violetas de marzo Sarah Jio moverme. Me dolían las piernas. Me dolía todo, y sabía que el coste de vida en Japon era caro.Enlace de la información: Trabajar en el extranjero
Suscribirse a:
Entradas (Atom)