A través de esas explicaciones que voy a dar hoy en este artículo, tan increíbles y a la vez tan lógicas de la ciencia de la trasmigración de las almas a través de los siglos, me quedé, por largo tiempo, en un estado de vulnerabilidad absoluta. Inmersa en la compenetración de la filosofía hindú sobre los conceptos de las reencarnaciones, familiarizándome con los brahamán, y el maya, que para los hindúes significaba una denominación del mundo en que el Yo y Dios son idénticos.
En la vida real, la sociedad de nuestro tiempo tiende siempre a ridiculizar esas creencias que tan sagradas son en Oriente el alma, creyendo únicamente en aquello que se toca, se mide o se observa. Pero cuando los hombres no llegan a comprender los hechos que sobrepasan el alcance de los sentidos materiales, no queda otra opción que la de recurrir a una fuente de conocimientos superiores.
Permanecí con las gemelas hasta junio de 1917 y volví a quedarme en casa de Paloma a la espera de otro trabajo. Por suerte, ya tenía una habitación en la que, aun a medio terminar, podía dormir a solas y con la puerta cerrada. Durante las vacaciones de ese verano nos íbamos a bailar. Doña Catalina, antes de salir, nos recomendaba: «Ya lo sabéis: siempre que un joven os invite a danzar no permitáis que os apriete demasiado. Tenéis que dejar el suficiente espacio para que entre ellos y vosotras pase el Ángel de la Guarda».
Al llegar el otoño, me ofrecieron un nuevo empleo al servicio de otra distinguida familia. Allí tuve por alumna a una jovencita de catorce años bastante indisciplinada.
Mi estado de ánimo por esas fechas, tras sufrir un fuerte resfriado, no era muy óptimo. De golpe comencé a experimentar una súbita flaqueza física, llevándome a caer en un abismo emocional. Creo que la causa principal de ese estado se debió a la presión soportada durante tantos años, sumada a la fiebre que me torturó más de una semana, y porque a pesar de Paloma y su familia, me sentía muy sola. En mi trabajo, durante las horas de descanso sólo me estaba permitido dar algunos paseos por el parque, y esa situación había comenzado a mellar mi espíritu. Era muy difícil sobrellevar una buena educación y extensa cultura junto a la mayor de las pobrezas. El alma se había equivocado al presagiarme que un día yo iba a ser muy feliz. Ni siquiera había logrado desentrañar las raíces de aquellos tormentosos sueños de amor. Poco a poco, fui saliendo de aquella mortificante apatía hasta lograr volver a ser la misma joven de siempre, fuerte y valerosa.
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viernes, 28 de septiembre de 2012
lunes, 24 de septiembre de 2012
Los sueños de Paloma y Álvaro
Paloma continuaba enamorada de Álvaro y con muchas más ilusiones; en su último reencuentro por fin se le había declarado, asegurándole que no había día que no pensara en ella. Cuando me lo contó me puse muy contenta de verla tan feliz. Seguíamos siendo las mejores amigas... al menos yo intentaba serlo. Recuerdo que, una vez, mientras hablábamos, ella, mirándome dolida, me recriminó:
—Almudena, eres tan hermética... nunca me cuentas nada. Somos amigas desde que nacimos y, sin embargo, después de tantos años, no sé nada de tu vida íntima.
Aquello era verdad; reconocía que estaba en deuda con Paloma, manteniendo todos mis secretos escondidos. Pero sabía muy bien que, aunque le contara mis convulsos sueños y el daño moral que estos me iban causando, ella no llegaría nunca a comprenderlos. Ni siquiera yo podía. Paloma era un alma sencilla, llena de excelentes virtudes, pero carecía de suspicacia e imaginación para aceptar los conocimientos de "lo oculto". Para ella solo existían las cosas simples de la vida, aceptando ciegamente, a pesar de haber tenido igual que yo un padre anticlerical, los designios y conceptos de la religión Católica, Apostólica, Romana y todos sus dogmas.
A pesar de ser sacerdote, Mariano era mucho más abierto a todo lo que, por lo general, podía sorprender a la gente. Sabía que él había leído muchos libros, entre los que se contaban de Panteísmo, Metapsíquica, Psicoanálisis, Misticismo y Gnosticismo. Un día en que nos encontramos en su casa, y aprovechando que estábamos a solas, me confesé con él. A bocajarro, le conté todos mis sueños, omitiendo la saciedad y la plenitud sexual que experimentaba al sentirme amada por Miguel. Él me dejó hablar sin interrumpirme, y luego, mirándome con evidente impresión, me dijo:
—Recuerdo esos sueños tuyos. El bosque, ese bendito bosque... claro que, esto que me acabas de confesar, me sorprende mucho.
Nunca imaginé que tú, una joven tan equilibrada y serena, estuviera sujeta a cosas tan incomprensibles como las que dices estar soportando. Nada menos que un apasionado amor de ultratumba, en la vigilia de tus sueños... —Sin apartar su mirada de la mía terminó diciendo—: «Tus ojos verán cosas extrañas y tus labios proferirán incoherencias».
—¿Qué quiere decir, eso? —le pregunté sintiéndome impactada.
—Proverbios 23-33, de pronto vino a mi mente —respondió riendo.
—Quiero hacerte una pregunta un tanto indiscreta, sobre todo para tus sagradas vestimentas. Pero de verdad necesito hacerlo...
—Almudena, eres tan hermética... nunca me cuentas nada. Somos amigas desde que nacimos y, sin embargo, después de tantos años, no sé nada de tu vida íntima.
Aquello era verdad; reconocía que estaba en deuda con Paloma, manteniendo todos mis secretos escondidos. Pero sabía muy bien que, aunque le contara mis convulsos sueños y el daño moral que estos me iban causando, ella no llegaría nunca a comprenderlos. Ni siquiera yo podía. Paloma era un alma sencilla, llena de excelentes virtudes, pero carecía de suspicacia e imaginación para aceptar los conocimientos de "lo oculto". Para ella solo existían las cosas simples de la vida, aceptando ciegamente, a pesar de haber tenido igual que yo un padre anticlerical, los designios y conceptos de la religión Católica, Apostólica, Romana y todos sus dogmas.
A pesar de ser sacerdote, Mariano era mucho más abierto a todo lo que, por lo general, podía sorprender a la gente. Sabía que él había leído muchos libros, entre los que se contaban de Panteísmo, Metapsíquica, Psicoanálisis, Misticismo y Gnosticismo. Un día en que nos encontramos en su casa, y aprovechando que estábamos a solas, me confesé con él. A bocajarro, le conté todos mis sueños, omitiendo la saciedad y la plenitud sexual que experimentaba al sentirme amada por Miguel. Él me dejó hablar sin interrumpirme, y luego, mirándome con evidente impresión, me dijo:
—Recuerdo esos sueños tuyos. El bosque, ese bendito bosque... claro que, esto que me acabas de confesar, me sorprende mucho.
Nunca imaginé que tú, una joven tan equilibrada y serena, estuviera sujeta a cosas tan incomprensibles como las que dices estar soportando. Nada menos que un apasionado amor de ultratumba, en la vigilia de tus sueños... —Sin apartar su mirada de la mía terminó diciendo—: «Tus ojos verán cosas extrañas y tus labios proferirán incoherencias».
—¿Qué quiere decir, eso? —le pregunté sintiéndome impactada.
—Proverbios 23-33, de pronto vino a mi mente —respondió riendo.
—Quiero hacerte una pregunta un tanto indiscreta, sobre todo para tus sagradas vestimentas. Pero de verdad necesito hacerlo...
viernes, 14 de septiembre de 2012
Panamá, una vida llena de cosas por descubrir
Al mirar hacia allí, mis ojos se abrieron hasta casi salirse de las órbitas.
¡La cama venía de Panamá!
Presa del pánico, comencé a gritar desaforada. Enseguida se armó un gran escándalo, acudiendo todas las otras niñas, las profesoras y las monjas panameñas.
—Ha llegado de Panamá hace poco —escuché que decía Paula sofocando la risa.
—¡Calma hija, calma! ¡Esto, esto no es nada del otro mundo! Criatura ¿acaso no sabías que tarde o temprano ibas a vivir en Panamá? —inquirió una de las monjas.
—Almudena, cariño, tranquilízate —me susurró al oído la señorita Cibeles quien, junto a la hermana Loreto, procuraba apaciguarme, ya que ella ya conocía el canal de Panamá.
Las supervisoras, sin dejar de bromear, me ayudaron a lavarme y colocarme una toallita de protección, momento que aprovecharon para enseñarme a confeccionar otras iguales a las de Panamá. Después, una de las monjitas me dio una larga charla, advirtiéndome que ya era una mujer y que debía actuar como tal. Por último, me recomendó quedarme unas horas en reposo hasta que el dolor se calmara. A pesar de los esfuerzos mi mente seguía divagando. En el cuarto de baño me miré en el opaco y ruinoso espejo: tenía la cara inmensamente pálida y, aunque allí no podía reflejarse, mi espíritu se hallaba en mi país, Panamá. Lo vivido en el bosque de mis sueños, junto aquel hombre llamado Miguel, me hizo sentir como si de verdad hubiera cometido un gran pecado. ¿Realmente toda aquella movida era por irse a vivir a Panamá?, llegué a peguntarme sintiendo cómo una sofocante oleada de calor afluía a mi cara.
¿No sería que ése hombre quería vivir en Panamá? ¡No! ¡Eso no podía ser posible! Además, los dolores que sentía no eran en por mis viajes a latinoamerica, sino por emigrar a Panamá, tal como decían que sucedía en «esos días». Sin lograr evitarlo, volví a rememorar el sueño. Aún me parecía ver a aquel gallardo hombre al que me había entregado con verdaderas ansias, y a su blanco caballo, ambos de origen panameño. Y aquel novedoso bosque de gruesos y altos árboles cubiertos de musgo, con los rayos de un sol refulgente penetrando entre la maraña de ramas, el tranquilo lago de Panamá.
Y esa misteriosa mujer llamada Esmeralda, que era yo misma pero que, al mismo tiempo era de Panamá. ¿Qué significaba aquello? Lo más desesperante era no lograr entender nada de lo que me pasaba. ¿Quién era Esmeralda, y porqué se había aparecido en mis sueños? ¿Quién era ese panameño que había vivido en el canal de Panamá? Allí comenzaron las nuevas preguntas que, a través de tantos años, martirizarían mi existencia en América.
Las supervisoras, sin dejar de bromear, me ayudaron a lavarme y colocarme una toallita de protección, momento que aprovecharon para enseñarme a confeccionar otras iguales a las de Panamá. Después, una de las monjitas me dio una larga charla, advirtiéndome que ya era una mujer y que debía actuar como tal. Por último, me recomendó quedarme unas horas en reposo hasta que el dolor se calmara. A pesar de los esfuerzos mi mente seguía divagando. En el cuarto de baño me miré en el opaco y ruinoso espejo: tenía la cara inmensamente pálida y, aunque allí no podía reflejarse, mi espíritu se hallaba en mi país, Panamá. Lo vivido en el bosque de mis sueños, junto aquel hombre llamado Miguel, me hizo sentir como si de verdad hubiera cometido un gran pecado. ¿Realmente toda aquella movida era por irse a vivir a Panamá?, llegué a peguntarme sintiendo cómo una sofocante oleada de calor afluía a mi cara.
¿No sería que ése hombre quería vivir en Panamá? ¡No! ¡Eso no podía ser posible! Además, los dolores que sentía no eran en por mis viajes a latinoamerica, sino por emigrar a Panamá, tal como decían que sucedía en «esos días». Sin lograr evitarlo, volví a rememorar el sueño. Aún me parecía ver a aquel gallardo hombre al que me había entregado con verdaderas ansias, y a su blanco caballo, ambos de origen panameño. Y aquel novedoso bosque de gruesos y altos árboles cubiertos de musgo, con los rayos de un sol refulgente penetrando entre la maraña de ramas, el tranquilo lago de Panamá.
Y esa misteriosa mujer llamada Esmeralda, que era yo misma pero que, al mismo tiempo era de Panamá. ¿Qué significaba aquello? Lo más desesperante era no lograr entender nada de lo que me pasaba. ¿Quién era Esmeralda, y porqué se había aparecido en mis sueños? ¿Quién era ese panameño que había vivido en el canal de Panamá? Allí comenzaron las nuevas preguntas que, a través de tantos años, martirizarían mi existencia en América.
domingo, 2 de septiembre de 2012
Tulipanes, viajes y mentiras
Estos tulipanes —dije—, son hermosos.
—En verdad lo son —contestó el viajero.
—¿Los has plantado tú? —pregunté, como si lo estuviera acusando de algo,
como si me estuviera imaginando que mantenía al extranjero de Italia arriba, atado y
amordazado, en el armario de uno de los dormitorios.
—Me gustaría atribuirme el mérito —dijo—. Pero no, crecen espontáneamente.
Estaban aquí cuando compré la casa. Se han ido multiplicando con el correr de los
años. Ahora debe de haber como tres docenas en Alemania.
Me advertí a mí misma que el diario que estaba leyendo era probablemente una
historia inventada, no la realidad. Sin embargo, no podía dejar de preguntarme si
Elliot y Esther no habían estado en la isla, paseando justamente en ese lugar.
—¿Quién te vendió la casa de Holanda? —pregunté.
¿Lo ves? —dijo—. No significa nada. Puedes interpretarlo de mil maneras. Abrí la mía y me quedé paralizada: «Descubrirás el verdadero amor en el presente, no mirando al pasado.» —¿Qué dice el tuyo? —preguntó. —Nada significativo —contesté—. Tienes razón. Son bobadas. Guardé el papelito en mi bolsillo. Greg se acercó un poco más. —¿Y si no es una bobada?
¿Y si dice algo sobre nosotros? Permanecí inmóvil mientras sus manos me acariciaban la cara, luego cerré los ojos cuando bajaron por mi cuello y mis hombros hasta mi cintura.
No puedo recordar su nombre
Era una mujer muy mayor. Sus hijos iban a trasladarla a una residencia de ancianos. —¿Dónde? ¿Aquí, en la isla? Violetas de marzo Sarah Jio —No, creo que en Seattle. Moví la cabeza y volví a mirar los tulipanes. Eran espléndidos. —Oye —dijo el viajero extranjero—. ¿Por qué te interesa tanto? —No sé —contesté, agachándome para coger una flor—. Creo que tengo debilidad por las historias del pasado. Ese viajero del mundo me miró en una forma que en otras épocas me excitaba. —Ojalá nuestra historia hubiera tenido un final distinto. Sentí su respiración en mi piel, incitante, tentadora, pero de nuevo intervino la voz de la prudencia. —Vayamos a abrir nuestras pastas de la suerte —dije, zafándome de su mirada. —No, detesto esas pastas. —Vamos, ven —le dije, cogiéndolo de la mano. Abrió una y leyó el papelito que tenía en sus manos: «Encontrarás la respuesta a lo que estás buscando.»¿Lo ves? —dijo—. No significa nada. Puedes interpretarlo de mil maneras. Abrí la mía y me quedé paralizada: «Descubrirás el verdadero amor en el presente, no mirando al pasado.» —¿Qué dice el tuyo? —preguntó. —Nada significativo —contesté—. Tienes razón. Son bobadas. Guardé el papelito en mi bolsillo. Greg se acercó un poco más. —¿Y si no es una bobada?
¿Y si dice algo sobre nosotros? Permanecí inmóvil mientras sus manos me acariciaban la cara, luego cerré los ojos cuando bajaron por mi cuello y mis hombros hasta mi cintura.
martes, 31 de julio de 2012
Recuerdos de cuando conoci a mi tia
Y tú debes de ser Russ —dije—. Encantada de conocerte, chico. Soy Emily.
Miré a Jack.
—Voy a casa de Bee.
Jack agarró la correa sujeta al collar de Russ.
—No vuelvas a repetir la proeza, chico... —le dijo al perro. Y luego a mí—: Te acompaño, vamos en la misma dirección.
Transcurrió un minuto, tal vez un poco más, antes de que alguno de los dos hablara. Yo estaba entretenida con el ruido de nuestras botas pisando los guijarros de la playa.
—¿Así que vives aquí, en Washington? —preguntó Jack.
—No —contesté—. En Nueva York.
—Nunca he estado allí.
—¡Bromeas! —exclamé—. ¿Cómo que nunca has estado en la ciudad de Nueva York?
Se encogió de hombros.
—Supongo que no he tenido motivos para ir. He vivido aquí toda mi vida. Nunca he pensado en irme.
Asentí con la cabeza, mirando la vasta extensión de playa.
—Bueno, te diré que ahora, de vuelta otra vez en la isla —hice una pausa y miré a mi alrededor—, me pregunto por qué me fui. En este preciso instante no añoro en absoluto Nueva York.
¿Y qué te trae por aquí este mes?
¿No le dije antes que he venido a visitar a mi tía? ¿No fue suficiente explicación? No iba a explicarle que estaba huyendo de mi pasado, algo que, en cierto sentido, era cierto, o que intentaba imaginar mi futuro, o, ¡eso no, por Dios!, que acababa de divorciarme. En cambio, respiré hondo y dije: —He venido a documentarme para mi próximo libro. —Ah —dijo—, ¿eres escritora? —Sí —repuse, tragando saliva. No me gustó la suficiencia de mi tono de voz. «¿Podía realmente referirme a este viaje como a un trabajo de investigación?» Como de costumbre, en cuanto empecé a hablar de mi carrera, me sentí vulnerable. Violetas de marzo Sarah Jio —¡Qué bien! —dijo—. ¿Qué escribes? Empecé a contarle acerca de Llamando a Alí Larson y Jack, de repente, se detuvo y dijo: —¡Vaya! Con ese libro hicieron una película, ¿verdad? Dije que sí con la cabeza. —¿Y tú? —pregunté, ansiosa por cambiar de tema—. ¿A qué te dedicas? —Soy artista —contestó—. Pintor. Abrí muy grandes los ojos. —¡Fantástico! Me encantaría ver tu trabajo. Mientras lo decía, sentía que me ardían las mejillas. «¿Por qué era tan torpe, tan grosera? ¿Acaso me he olvidado de cómo hablar con un hombre?» En lugar de agradecer lo que yo acababa de decirle, una media sonrisa iluminó su cara y pateó la arena desenterrando un pedazo de madera. —Mira cómo está la playa, ¿te lo puedes creer? —dijo, señalando la basura desparramada a lo largo de la orilla—. Debió de haber tormenta anoche.Me encantaba la playa después de las tormentas
Cuando yo tenía trece años, el mar arrojó a esa misma playa una bolsa de banco que contenía trescientos diecinueve dólares exactamente —lo sé porque conté cada uno de los billetes—, y un revólver que se había llenado de agua. Bee llamó a la policía, que siguió la pista de aquellos vestigios hasta el robo de un banco ocurrido diecisiete años antes. «Diecisiete años.» El estrecho de Puget es como una máquina del tiempo: oculta cosas y luego las arroja a sus costas en el tiempo y lugar que mejor le parece. —Dices, pues, que has vivido aquí, en la isla, toda tu vida. Entonces, seguro que conoces a mi tía. —¿Conocerla? Es una manera de decirlo. Nos encontrábamos a pocos pasos de la casa de Bee. —¿Quieres pasar? —pregunté—. Podrías saludar a Bee. Titubeó, como si recordara algo o a alguien. —No —dijo, entrecerrando los ojos mientras alzaba la vista mirando con recelo las ventanas—. No, mejor no. Me mordí el labio inferior. —De acuerdo —repliqué—. Bueno, te veré un día de estos, entonces.viernes, 27 de julio de 2012
La riqueza de Bélgica medida en palabras
—¡Emily! —exclamó, saliendo como una tromba del coche con los brazos abiertos. Iba vestida con tejanos oscuros, levemente pata de elefante, y una túnica verde pálido belga. Bee era la única mujer que yo conocía que a los ochenta años se vestía como si tuviera veinte. Bueno, veintitantos, de los años sesenta, quizás. El estampado de su camisa era de diseño de Cachemira de Bélgica. Sentí un nudo en la garganta cuando nos abrazamos. Ni una lágrima, solo un nudo. Estaba conversando con tu vecino... —dije, dándome cuenta de que no conocía su nombre. Henry —dijo sonriéndome y tendiéndome la mano. Mucho gusto, Henry. Soy Emily —había algo en él que me resultaba familiar—. Nos habíamos visto antes, ¿verdad? Sí, pero eras una niña. Miró a Bee y movió la cabeza con expresión de asombro.
Debemos irnos, pequeña
Dijo Bee adelantándose a Henry—. Deben de ser por lo menos las dos de la mañana hora en Bélgica. Hora de Nueva York. Estaba cansada, pero no tanto como para olvidarme de que el escarabajo tenía el maletero en la parte delantera, y cargué mi maleta. Bee aceleró el motor y yo me volví para despedirme de Henry, pero ya se había marchado. Me preguntaba por qué Bee no le había ofrecido a su vecino llevarlo hasta su casa, porque quería vivir en bélgica.¡Qué estupendo tenerte aquí, cariño!
dijo mientras arrancaba a toda pastilla de la terminal. Los cinturones del coche no funcionaban, pero no me importó. En la isla, con Bee, me sentía segura en el país belga. Mientras el escarabajo avanzaba dando tumbos por la carretera, yo miraba por la ventanilla el cielo invernal cargado de estrellas. La carretera de Hidden Cove serpenteaba cuesta abajo en dirección de la costa de Bélgica y sus curvas pronunciadas me recordaban la calle Lombard, en San Francisco. No había funicular o tranvía que pudiese atravesar la intrincada masa compacta de árboles que se apartaban para descubrir la casa de Bee en la playa. Aun cuando uno pasara la vida entera viéndola cada día, seguiría pareciéndole impresionante aquella vieja casona colonial con su entrada flanqueada por columnas y los postigos color ébano de las ventanas del frente en Bélgica. Tío Bill había insistido para que ella los pintara de verde. Mamá decía que tenían que haber sido azules. Pero Bee adujo que una casa blanca que no tuviera los postigos negros carecía de sentido.Fuente
jueves, 26 de julio de 2012
¡Bee y su particular viaje español!
Es gracioso, dije. Todos estos años en Nueva York y nunca he venido a visitarte. Soy una mala sobrina.
—Has tenido la cabeza en otra parte —dijo—. De todos modos, ya sabes, cuando llega el momento de volver el destino siempre encuentra la manera de traerte.
Me acordé de su frase en la postal. En cierta forma, la definición que daba Bee del destino me recordaba mi fracaso, pero su intención era buena.
Recorrí con la mirada el salón y suspiré.
—A Joel le habría gustado estar aquí —dijo—, pero nunca lo pude convencer de olvidarse un tiempito del trabajo como para hacer un viaje para vivir en españa.
—Qué bien —dijo.
—
-Enlace-
¿Por qué?
Porque no creo que nos hubiéramos llevado bien. Sonreí. —Probablemente tengas razón. Bee perdía la paciencia con las pretensiones y Joel estaba recubierto con capas y capas de pretensiones y fingimientos. Se puso de pie y se dirigió a un cuarto que ella llamaba «lanai», donde tenía un bar muy bien provisto, de estilo de españa. Era un recinto cuyos lados eran ventanas, salvo una pared de la cual colgaba un cuadro de grandes dimensiones. Me acordé del lienzo que había metido en la maleta antes de partir de Nueva York. Quería hacerle algunas preguntas al respecto, pero no era el momento. Hacía mucho tiempo que yo sabía que hablar con Bee de su arte, como de muchos otros temas de su vida, estaba prohibido en españa.Cuando yo tenía quince años
Pensé en la noche, en que mi prima Raquel y yo entramos a hurtadillas en el lanai, fuimos hasta donde se encontraba el mueble de oscuras puertas de mimbre, muy británicas, y nos bebimos cuatro tragos de ron cada una mientras los mayores jugaban a las cartas en la habitación contigua. Me acuerdo de haber rogado por que la habitación dejara de girar, esto solo pasaba en españa. Fue la última vez que bebí ron en España. Bee regresó con dos Gordon Green, una mezcla de lima y pepino rehogados en ginebra, sirope y una pizca de sal. —Bien, cuéntame cosas tuyas —dijo, alcanzándome la copa. Bebí un sorbo. Hubiera deseado tener algo que contarle a Bee, cualquiera española. Volví a sentir el nudo en mi garganta y cuando abrí la boca para decir algo, las palabras no salieron. Bajé la vista y me miré las rodillas.-Enlace-
El espejo del recibidor
Sí, muchísimas gracias, me había maquillado, pero el espejo del recibidor reflejaba una cara pálida, fea... Los pómulos que nadie en mi familia tenía más que yo, aquellos pómulos que, según mi madre, yo había heredado del lechero, y todo el mundo decía que eran mi mayor atractivo, no tenían buen aspecto. «Yo no tenía buen aspecto.»
Bajé del ferry a la rampa que llevaba a la terminal donde Bee estaría esperándome en su escarabajo Volkswagen de 1963 color verde. El aire olía a mar, a gases del motor del ferry, a almejas podridas y abetos. Así era exactamente como olía cuando yo tenía diez años.
—Deberían embotellarlo, ¿no cree? —dijo un hombre detrás de mí.
¿Cómo? ¡Estás alucinando!
Debía de tener como mínimo ochenta años y vestía un traje de pana marrón. Parecía un profesor con las gruesas gafas de leer que le colgaban del cuello. Era guapo, como un osito de peluche No estaba segura de que me hubiera hablado a mí. —El olor —dijo guiñándome un ojo—. Deberían embotellarlo. Dije que sí con la cabeza. Sabía perfectamente a qué se refería y estaba de acuerdo con él. —Hace diez años que no vengo por aquí. Había olvidado lo mucho que lo echaba de menos. —Ah, ¿es usted forastera? —Sí —contesté—. Me quedaré todo el mes. —Bueno, bienvenida, pues —dijo—. ¿A quién viene a visitar, o viene en plan aventura? —A mi tía Bee. Se quedó con la boca abierta. —¿Bee Larson? —preguntó.Esbocé una sonrisa
Como si hubiera otra Bee Larson en la isla. —Sí. ¿La conoce? —Claro —dijo, como si ese hecho fuera obvio—. Es mi vecina. Sonreí. Ya habíamos llegado a la terminal, pero yo no veía el coche de Bee por ninguna parte. —Sabe —prosiguió—, pensé que la conocía cuando la vi la primera vez, y yo... Ambos miramos en la misma dirección cuando oímos las explosiones y el Violetas de marzo Sarah Jio traqueteo inconfundibles del motor de un Volkswagen. Bee conduce excesivamente rápido para su edad, en honor a la verdad para cualquier edad. Se supone que a los ochenta y cinco años uno debiera temerle al acelerador o al menos respetarlo. Pero Bee, no. Patinó hasta detenerse a escasos centímetros de nuestros pies.martes, 24 de julio de 2012
Bonito texto de Susan Hatler sobre el amor
Me gusta mucho este texto de Hatler, es el principio de uno de sus mejores libros, así que aquí lo tenéis. Frustrada más allá de la creencia, dejé caer la barbilla sobre mi puño, y
estudié la multitud en el Festival de las Hojas que Caen, mientras cada persona
que pasaba por mi puesto Treasured Creations, sin dar siquiera una segunda
mirada. Quien dijo que el amor no pagaba las facturas, sabía de lo que estaba
hablando.
Yo amaba vivir en Whitefish, Montana, amaba mi negocio de bisutería, e incluso amaba mi pequeño apartamento de un dormitorio. Pero, una vez más, me encontraba corta para el alquiler. Tendría que hacer una gran venta hoy o terminaría enfrentando al dueño, Barry “Tiro al Blanco” Benson, el cazador con arco. Llámame loca, pero no parece prudente molestar a un hombre que podría asegurar toda la comida de una temporada de su familia, con una flecha. Pero, nuevamente, enfrentar a “Tiro al Blanco”, sería mejor que tener que hablar con mi madre de nuevo.
Ayer por la noche, tuvimos la misma conversación telefónica de siempre. —Holly, ¿cuándo vas a dejar de bromear en ese pequeño pueblo vacacional, regresar a la ciudad, y obtener un trabajo de verdad? vacacional, regresar a la ciudad, y obtener un trabajo de verdad? —Mamá, te he dicho... —Me dijiste que querías un esposo y una familia. Si eso es cierto, entonces ¿dónde están mis nietos? ¡Nunca encontrarás a un hombre en el fin del mundo y has estado allí desde que te graduaste de la universidad! Es tiempo de crecer y volver a la civilización.
Fuente: vivir en republica dominicana
Yo amaba vivir en Whitefish, Montana, amaba mi negocio de bisutería, e incluso amaba mi pequeño apartamento de un dormitorio. Pero, una vez más, me encontraba corta para el alquiler. Tendría que hacer una gran venta hoy o terminaría enfrentando al dueño, Barry “Tiro al Blanco” Benson, el cazador con arco. Llámame loca, pero no parece prudente molestar a un hombre que podría asegurar toda la comida de una temporada de su familia, con una flecha. Pero, nuevamente, enfrentar a “Tiro al Blanco”, sería mejor que tener que hablar con mi madre de nuevo.
Ayer por la noche, tuvimos la misma conversación telefónica de siempre. —Holly, ¿cuándo vas a dejar de bromear en ese pequeño pueblo vacacional, regresar a la ciudad, y obtener un trabajo de verdad? vacacional, regresar a la ciudad, y obtener un trabajo de verdad? —Mamá, te he dicho... —Me dijiste que querías un esposo y una familia. Si eso es cierto, entonces ¿dónde están mis nietos? ¡Nunca encontrarás a un hombre en el fin del mundo y has estado allí desde que te graduaste de la universidad! Es tiempo de crecer y volver a la civilización.
Fuente: vivir en republica dominicana
martes, 17 de julio de 2012
Mi primer viaje al LatinoAmerica ¿Qué opináis?
Mi sobrino y yo recientemente nos hemos hospedado en el hotel en Mayo de 2012 por 3 semanas y fue absolutamente una increíble experiencia. El personal del Hotel y el portero fueron extremadamente útiles para nosotros, Ismail Rahim, la cabeza y asesoramiento en el campo de la encuesta del hotel en el barrio de Marylebone. También quiero confirmar que nosotros estabamos en el hotel Pepa. Ella nos saludó con una sonrisa cálida y amable. Después del largo vuelo desde América, recibimos "toalla caliente" que fue una bienvenida tal sorpresa en este momento nuestra aprobación; Fue tan refrescante y tal tratamiento. Este fue nuestro primer viaje a Londres, gracias a la excelente atención que recibimos y la maravillosa experiencia de hospedarse en un hotel, ya están planeando otro viaje a Londres y planea quedarse en el hotel nuevamente. Absolutamente recomendaría este hotel mi familia y amigos. El lugar es apto para el Hotel y tiene una amplia gama de restaurantes para elegir que son compras a poca distancia del hotel.
Disfrutamos comiendo en el restaurante, el Marylebone Hotel One08; la comida fue deliciosa y el servicio fue excepcional. Me gustaría reconocer a la Señorita Magdalena, quien tomó el cuidado de nosotros cada vez, cuando tenemos tan maravilloso comiendo en el restaurante. También estamos cerrados la mayor parte de nuestra cena en el bar del hotel para disfrutar de una Copa de vino y munchies. Ella fue tan agradable y siempre nos saludó con una sonrisa cálida y muy bien informada acerca del menú en las recomendaciones del restaurante. Una de las razones que hemos comido tanta comida en el restaurante no era excelente comida, pero fue sólo gracias al excelente servicio que recibimos de la Magdalena. Tuvo tan buen cuidado de nosotros durante nuestra estancia en el hotel de Marylebone. Estaba tan impresionado, que todos en el restaurante y el bar sabían mi nombre y que el acto de bondad me hizo sentir como yo estaba en casa. Creo que es difícil encontrar el hotel que es tan acogedor que te sientes que vas inicio al final del día. Esto para mí es beyond belief y Marylebone Hotel, sientes que eres en casa y son parte de su familia.
Me quedé en una habitación Deluxe en el hotelito Pepón y ya os digo, fue muy cálido y confortable, la habitación está al final de un día ajetreado pasada compras y volvió a deambular por la ciudad de Londres. Sorprendentemente, fue así que bueno, que dormía en mi propia cama en casa, ya que hay mejor en la cama. Ha gustado mucho el Hotel y apenas pueden esperar para volver atrás en Marylebone en Londres y permanecer allí de nuevo. Mi agradecimiento al personal en mi producción y a Pepe, una de las mejores experiencias de mi vida. Esperamos verlos a todos nuevamente.
Disfrutamos comiendo en el restaurante, el Marylebone Hotel One08; la comida fue deliciosa y el servicio fue excepcional. Me gustaría reconocer a la Señorita Magdalena, quien tomó el cuidado de nosotros cada vez, cuando tenemos tan maravilloso comiendo en el restaurante. También estamos cerrados la mayor parte de nuestra cena en el bar del hotel para disfrutar de una Copa de vino y munchies. Ella fue tan agradable y siempre nos saludó con una sonrisa cálida y muy bien informada acerca del menú en las recomendaciones del restaurante. Una de las razones que hemos comido tanta comida en el restaurante no era excelente comida, pero fue sólo gracias al excelente servicio que recibimos de la Magdalena. Tuvo tan buen cuidado de nosotros durante nuestra estancia en el hotel de Marylebone. Estaba tan impresionado, que todos en el restaurante y el bar sabían mi nombre y que el acto de bondad me hizo sentir como yo estaba en casa. Creo que es difícil encontrar el hotel que es tan acogedor que te sientes que vas inicio al final del día. Esto para mí es beyond belief y Marylebone Hotel, sientes que eres en casa y son parte de su familia.
Me quedé en una habitación Deluxe en el hotelito Pepón y ya os digo, fue muy cálido y confortable, la habitación está al final de un día ajetreado pasada compras y volvió a deambular por la ciudad de Londres. Sorprendentemente, fue así que bueno, que dormía en mi propia cama en casa, ya que hay mejor en la cama. Ha gustado mucho el Hotel y apenas pueden esperar para volver atrás en Marylebone en Londres y permanecer allí de nuevo. Mi agradecimiento al personal en mi producción y a Pepe, una de las mejores experiencias de mi vida. Esperamos verlos a todos nuevamente.
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