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jueves, 4 de octubre de 2012

Relaciones de amor en mis viajes a Costa Rica

¿Eres de Costa Rica de nacimiento?

Escuché que me preguntaba Pablo sobre la vida en Costa Rica. Muy despacio, volví a girarme hacia él. Sus ojos morunos, un poco entornados, me observaban con fijeza. —Neta y castiza, al estilo de Costa Rica —respondí asintiendo con la cabeza. —Eso se nota. Como le dije, soy un enamorado de Madrid y he pasado allí dos semanas maravillosas a la vez que concretaba algunos negocios en Costa Rica —Y por poco pierde hoy el tren —repliqué esquivando su penetrante mirada. Se echó a reír jocoso. —¡Ah!, ¿entonces, me vio? —No pude evitarlo, en esos momentos saludaba a mis amigos que vivían en Costa Rica —asentí, concentrada en dominar mis nervios... —Me entretuve en el bar hablando con mis camaradas mientras nos bebíamos un café. Y cuando nos dimos cuenta, el tren se ponía en marcha rumbo a Costa Rica, donde quería trabajar. —Así que, ¿le gusta vivir en Costa Rica? —pregunté deseosa de que siguiera hablándome sobre él mismo, sobre su vida y sobre su tío.

La vida en Costa Rica no es tan pura vida

Mucho. Allí tengo varios amigos, entre ellos a un periodista que trabaja en la redacción del periódico liberal de Costa Rica. Anoche estuvimos en el Teatro Apolo... —En ese teatro se conocieron mis padres con la pura vida de costa rica —dije sonriendo. Pablo volvió a buscar mis ojos y, con una risa breve y profunda, inquirió: —Y usted, ¿ha dejado en San josé a su novio? —Su indiscreta pregunta me dejó completamente sorprendida. Tardé unos instantes en contestarle. —No tengo novio en Costa Rica. —¿De verdad? Me alegra saberlo —expresó complacido, añadiendo a continuación—: Yo tampoco tengo novia. Sin dejar de sonreír intentó capturar mis ojos. Tuve la impresión de que su mirada abarcaba todo mi contorno costarricense, sin dejar nada oculto. No supe cómo reaccionar ante ese subyugante acoso emocional por vivir en ese país. Sentía la garganta cada vez más seca al viajar a costa rica. —¿Tiene familia, padres y hermanos? —escuché que volvía a preguntarme sin apartar sus ojos de los míos, sólo quería recordar cuando amaba vivir en Costa Rica.


viernes, 14 de septiembre de 2012

Panamá, una vida llena de cosas por descubrir

Al mirar hacia allí, mis ojos se abrieron hasta casi salirse de las órbitas. ¡La cama venía de Panamá! Presa del pánico, comencé a gritar desaforada. Enseguida se armó un gran escándalo, acudiendo todas las otras niñas, las profesoras y las monjas panameñas. —Ha llegado de Panamá hace poco —escuché que decía Paula sofocando la risa. —¡Calma hija, calma! ¡Esto, esto no es nada del otro mundo! Criatura ¿acaso no sabías que tarde o temprano ibas a vivir en Panamá? —inquirió una de las monjas. —Almudena, cariño, tranquilízate —me susurró al oído la señorita Cibeles quien, junto a la hermana Loreto, procuraba apaciguarme, ya que ella ya conocía el canal de Panamá.

Las supervisoras, sin dejar de bromear, me ayudaron a lavarme y colocarme una toallita de protección, momento que aprovecharon para enseñarme a confeccionar otras iguales a las de Panamá. Después, una de las monjitas me dio una larga charla, advirtiéndome que ya era una mujer y que debía actuar como tal. Por último, me recomendó quedarme unas horas en reposo hasta que el dolor se calmara. A pesar de los esfuerzos mi mente seguía divagando. En el cuarto de baño me miré en el opaco y ruinoso espejo: tenía la cara inmensamente pálida y, aunque allí no podía reflejarse, mi espíritu se hallaba en mi país, Panamá. Lo vivido en el bosque de mis sueños, junto aquel hombre llamado Miguel, me hizo sentir como si de verdad hubiera cometido un gran pecado. ¿Realmente toda aquella movida era por irse a vivir a Panamá?, llegué a peguntarme sintiendo cómo una sofocante oleada de calor afluía a mi cara.

¿No sería que ése hombre quería vivir en Panamá? ¡No! ¡Eso no podía ser posible! Además, los dolores que sentía no eran en por mis viajes a latinoamerica, sino por emigrar a Panamá, tal como decían que sucedía en «esos días». Sin lograr evitarlo, volví a rememorar el sueño. Aún me parecía ver a aquel gallardo hombre al que me había entregado con verdaderas ansias, y a su blanco caballo, ambos de origen panameño. Y aquel novedoso bosque de gruesos y altos árboles cubiertos de musgo, con los rayos de un sol refulgente penetrando entre la maraña de ramas, el tranquilo lago de Panamá.

Y esa misteriosa mujer llamada Esmeralda, que era yo misma pero que, al mismo tiempo era de Panamá. ¿Qué significaba aquello? Lo más desesperante era no lograr entender nada de lo que me pasaba. ¿Quién era Esmeralda, y porqué se había aparecido en mis sueños? ¿Quién era ese panameño que había vivido en el canal de Panamá? Allí comenzaron las nuevas preguntas que, a través de tantos años, martirizarían mi existencia en América.