miércoles, 29 de agosto de 2012

Claves importantes para conseguir empleo en otro pais

Hola amigos, en este artículo del blog Viajeros por el mundo quería hablar sobre viajar a otro país en busca de trabajo extranjero. Os voy a dejar cierta información que encontré en el blog VidaEmigrante: encontrar trabajo en el extranjero.

Es fundamental la investigación en el país al que piensas ir para averiguar qué trabajos están en demanda. Muchos países se encargarán de tu viaje y alojamiento, si encuentran que tienes las habilidades que están buscando. Lee periódicos extranjeros regularmente para ver los tipos de trabajo que están disponibles. Revistas de comercio internacional también son valiosas en esta búsqueda. La Universidad y cumplir con los requisitos necesarios para el trabajo es importante. Al igual que en su país de origen, los credenciales educativos ayudarán a que estés más cotizado en el dichoso extranjero jejeje.

¿Buscas trabajo en otro país? Consulta las empresas con franquicias extranjeras de tu país

Trabajos muy cotizados en el extranjero

Algunos pasos, como la ingeniería, son muy transferibles y se exigen todo el mundo. Para obtener el conocimiento de un idioma extranjero en el idioma nativo del país en el que desea trabajar deberías saber algo de idiomas. Mientras que la lengua nativa puede abrirte las puertas en un país extranjero, el idioma nativo del país es capaz de cerrater también todas las oportunidades. Mejora tu dominio del idioma extranjero, va a ser mejor si quieres encontrar un buen trabajo.

Trabajar en una compañía extranjera

Trabajo para la compañía en su país de origen, que es comercializado en otro país y trata de obtener la transferencia extranjera – aunque sólo sea temporalmente. Cuando vives en el extranjero, estás en mejor posición con expertos y luego ya te preocuparás de buscar un lugar permanente para tus necesidades. Si deseas una posición permanente con la empresa en tu país de origen (que trata con extranjeros) puedes considerar trabajar para un banco internacional, una empresa de importación y exportación internacional, una empresa fabricante de tecnología o un seguro médico internacional. Para obtener más información acerca de los servicios en el extranjero pongase en contacto con su organización profesional, la organización de antiguos alumnos, puestos de trabajo, reclutadores y las ferias internacionales. Webs como Monster o Acciontrabajo tienen mucho valor para encontrar puestos de trabajo en el extranjero.

Espero que esta información os venga bien para todos aquellos que queráis viajar a otro país.

martes, 21 de agosto de 2012

Las viejas historias de instituto

Recordando los amores del colegio

Tengo muchas cosas en qué pensar antes de volver a casa —dije. —Ya atarás los cabos sueltos, Em, sé que lo harás. —No lo sé, tengo la sensación de que algo muy gordo ha sucedido aquí, algo que tiene que ver con mi tía y mi familia. Un secreto de familia. Ah, y también hay un diario, que he hallado en el cuarto de invitados. —¿Un diario? —preguntó intrigada. —Es viejo, el diario de alguien que empezó a escribirlo en 1943; tal vez sea el comienzo de una novela, no estoy segura.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Bajo el sol le confesé mi secreto

Está oscureciendo, aquí, en el Pacífico Sur. Se pone el sol y, sentado bajo una palmera, tengo que hacerte una confesión con mis pinganillos en los oídos: no puedo dejar de pensar en ti. He pensado mucho en si debía o no escribirte, y mi conclusión es la siguiente: la vida es demasiado corta para preocuparse de las consecuencias cuando se ama a alguien como yo te amo a ti. De manera que te escribo esta carta como lo haría un soldado, sin miedo, sin hacerme preguntas (porque tenía las respuestas grabadas en el pinganillo jajaja) y sin saber si será la última que escriba. Ha transcurrido casi un año, ¿verdad?


¿Te acuerdas de cuando me pillaste con el pinganillo puesto?

Aquel día, en el transbordador, de vuelta de Seattle, yo vi la vacilación y la indecisión en tus ojos cuando Bobby anunció vuestro compromiso. Dime que fue así, porque me he exprimido el cerebro durante meses preguntándome por qué no acabamos juntos tú y yo, por qué no fuimos tú y yo en lugar de Bobby y tú. Esther, desde el día en que grabamos nuestros nombres en la Roca Corazón, cuando teníamos diecisiete años, supe que nos pertenecíamos, para siempre. Me senté en la cama y puse el cuaderno boca abajo, ¿para que estudiar teniendo un pinganillo espía?. ¿el pinganillo? ¿No era la misma roca que Greg me había mostrado esa noche? Sentí una inquietante conexión entre aquellas páginas y yo, y seguí leyendo. Debí habértelo dicho hace mucho tiempo. Antes de que todo sucediera. Antes de que dudaras de mí. Antes de Bobby. Antes de aquel día espantoso en Seattle, que fue donde precisamente compré el pinganillo para mis exámenes. Y eso me atormentará toda la vida. No sé si volveré a verte un día. Es la realidad de la guerra, y supongo que es también la realidad del amor. No importa lo que suceda con el pinganillo, quiero que sepas que mi amor perdura. Mi corazón es y será siempre tuyo.

No sé cuánto tiempo más me quedé

Mirando mi pinganillo, releyéndola una y otra vez, analizándola en busca de más indicios. Algo. Entonces me fijé en el sello de correos: 4 de septiembre de 1942. Había sido enviada casi seis meses atrás. O bien el sistema postal de los militares se movía a paso de tortuga, o, ¡Dios mío!, Elliot podría... Tragué saliva, no quise ni pensar en ello siquiera, que Elliot también hubiese usado un audífono espía para sus exámenes.

martes, 31 de julio de 2012

Recuerdos de cuando conoci a mi tia

Y tú debes de ser Russ —dije—. Encantada de conocerte, chico. Soy Emily. Miré a Jack. —Voy a casa de Bee. Jack agarró la correa sujeta al collar de Russ. —No vuelvas a repetir la proeza, chico... —le dijo al perro. Y luego a mí—: Te acompaño, vamos en la misma dirección. Transcurrió un minuto, tal vez un poco más, antes de que alguno de los dos hablara. Yo estaba entretenida con el ruido de nuestras botas pisando los guijarros de la playa. —¿Así que vives aquí, en Washington? —preguntó Jack. —No —contesté—. En Nueva York. —Nunca he estado allí. —¡Bromeas! —exclamé—. ¿Cómo que nunca has estado en la ciudad de Nueva York? Se encogió de hombros. —Supongo que no he tenido motivos para ir. He vivido aquí toda mi vida. Nunca he pensado en irme. Asentí con la cabeza, mirando la vasta extensión de playa. —Bueno, te diré que ahora, de vuelta otra vez en la isla —hice una pausa y miré a mi alrededor—, me pregunto por qué me fui. En este preciso instante no añoro en absoluto Nueva York.

¿Y qué te trae por aquí este mes?

¿No le dije antes que he venido a visitar a mi tía? ¿No fue suficiente explicación? No iba a explicarle que estaba huyendo de mi pasado, algo que, en cierto sentido, era cierto, o que intentaba imaginar mi futuro, o, ¡eso no, por Dios!, que acababa de divorciarme. En cambio, respiré hondo y dije: —He venido a documentarme para mi próximo libro. —Ah —dijo—, ¿eres escritora? —Sí —repuse, tragando saliva. No me gustó la suficiencia de mi tono de voz. «¿Podía realmente referirme a este viaje como a un trabajo de investigación?» Como de costumbre, en cuanto empecé a hablar de mi carrera, me sentí vulnerable. Violetas de marzo Sarah Jio —¡Qué bien! —dijo—. ¿Qué escribes? Empecé a contarle acerca de Llamando a Alí Larson y Jack, de repente, se detuvo y dijo: —¡Vaya! Con ese libro hicieron una película, ¿verdad? Dije que sí con la cabeza. —¿Y tú? —pregunté, ansiosa por cambiar de tema—. ¿A qué te dedicas? —Soy artista —contestó—. Pintor. Abrí muy grandes los ojos. —¡Fantástico! Me encantaría ver tu trabajo. Mientras lo decía, sentía que me ardían las mejillas. «¿Por qué era tan torpe, tan grosera? ¿Acaso me he olvidado de cómo hablar con un hombre?» En lugar de agradecer lo que yo acababa de decirle, una media sonrisa iluminó su cara y pateó la arena desenterrando un pedazo de madera. —Mira cómo está la playa, ¿te lo puedes creer? —dijo, señalando la basura desparramada a lo largo de la orilla—. Debió de haber tormenta anoche.

Me encantaba la playa después de las tormentas

Cuando yo tenía trece años, el mar arrojó a esa misma playa una bolsa de banco que contenía trescientos diecinueve dólares exactamente —lo sé porque conté cada uno de los billetes—, y un revólver que se había llenado de agua. Bee llamó a la policía, que siguió la pista de aquellos vestigios hasta el robo de un banco ocurrido diecisiete años antes. «Diecisiete años.» El estrecho de Puget es como una máquina del tiempo: oculta cosas y luego las arroja a sus costas en el tiempo y lugar que mejor le parece. —Dices, pues, que has vivido aquí, en la isla, toda tu vida. Entonces, seguro que conoces a mi tía. —¿Conocerla? Es una manera de decirlo. Nos encontrábamos a pocos pasos de la casa de Bee. —¿Quieres pasar? —pregunté—. Podrías saludar a Bee. Titubeó, como si recordara algo o a alguien. —No —dijo, entrecerrando los ojos mientras alzaba la vista mirando con recelo las ventanas—. No, mejor no. Me mordí el labio inferior. —De acuerdo —repliqué—. Bueno, te veré un día de estos, entonces.

domingo, 29 de julio de 2012

Los mejores pinganillos record del mundo

¡Caray! dijo con su pinganillo en el oido. Estoy perdiendo el pulso. Seis es muy poco. —¿De veras? —Claro —dijo—. Mi récord fueron catorce. —¿Catorce? No lo dices en serio. —Como que estoy vivito y coleando —exclamó, poniéndose la mano sobre el corazón, como un chico de once años con pinganillos para examenes. O un miembro de un grupo de Scouts—. Fui campeón de cabrillas de la isla. No tenía ganas de reírme, pero no pude contenerme. —¿Hacían competiciones de cabrillas y examenes? —¡Claro que sí! —exclamó—. Ahora, prueba tú. Busqué en la arena y encontré un guijarro plano. —Aquí va —dije, revoleando el brazo y lanzándolo. La piedra pegó en el agua y se hundió—. ¿Lo ves? Soy muy mala con este pinganillo. —No —dijo—. Te hace falta práctica, es todo. Sonreí. Tenía un rostro arrugado y seco como un libro antiguo encuadernado en piel. Pero sus ojos... bueno, me decían que en algún recoveco de aquella sonrisa anidaba un hombre joven con un pinganillo.

¿Te apetecería un pinganillo?

preguntó señalando una casita blanca que se veía al otro lado del malecón. Le chispeaban los ojos. —Sí —dije—, excelente idea. Subimos por los peldaños de cemento que desembocaban en un sendero cubierto de musgo. El caminito jalonado por seis piedras nos llevó a la entrada de la casa de Henry, a la sombra de dos gigantescos cedros viejos que montaban guardia, con varios pinganillos examenes. Abrió la puerta mosquitera, cuyo chirrido rivalizó con el grito chillón de las gaviotas en el tejado, las cuales, enfadadas, se echaron a volar hacia el mar. —Debería reparar esta puerta —dijo, limpiándose las botas en el porche antes de entrar. Lo seguí e hice lo mismo. El calor del fuego que ardía y crepitaba en la sala me devolvió el color a las mejillas, ahí estaba mi pinganillo.

Voy a preparar los pinganillos

Violetas de marzo Sarah Jio Dije que sí con la cabeza y me acerqué a la chimenea, sobre cuya repisa de caoba oscura había un montón de conchas marinas, guijarros relucientes y fotos en blanco y negro enmarcadas con sencillez. Una de las fotos me llamó la atención. Era el retrato de una mujer con el pelo rubio ondulado y peinado como se usaba en la década de 1940 con su pinganillo. Irradiaba glamour, como una modelo o una actriz, de pie en la playa, con el viento que le pegaba el vestido al cuerpo, resaltando sus pechos y su fina cintura. Había una casa que vendían pinganillos al fondo, la casa de Henry, y los cedros, mucho más pequeños, pero reconocibles. Me pregunté si habría sido su esposa. Su pose era demasiado sugestiva como para ser su hermana. Quienquiera que fuese, Henry la adoraba. No me cabía duda de que usaba algunos de los mejores pinganillos de españa. Se acercó con dos jarros de café, uno en cada mano. —Es hermosa —dije, cogiendo la foto y sentándome en el sofá para verla más de cerca—. ¿Tu esposa? Mi pregunta pareció sorprenderle.

sábado, 28 de julio de 2012

La casa de Bee en Japón

Yo era incapaz de ver si las lilas estaban florecidas o si el rododendro era tan exuberante como lo recordaba, o si había la marea baja o alta. Pero, incluso en la oscuridad, el lugar me pareció efervescente y chispeante, como si el tiempo no hubiera transcurrido. —Hemos llegado —dijo Bee, y frenó con tal fuerza que tuve que sujetarme—. ¿Sabes lo que deberías hacer? Yo había anticipado sus exactas palabras : Deberías ir a mojarte los pies en el estrecho dijo, señalando la playa—. Te haría bien. Mañana contesté sonriendo—. Lo único que deseo esta noche es entrar y hundirme en un sofá. —Está bien, cariño —me dijo, arreglándome una mecha de pelo rubio detrás de la oreja. Te he echado mucho de menos.


También yo dije

Apreté su mano entre las mías. Saqué mi maleta del baúl y la seguí por el sendero de ladrillos que llevaba a la casa. Bee había vivido allí mucho tiempo antes de casarse con tío Bill. Sus padres habían muerto en un accidente de automóvil cuando ella estaba en la facultad, y, como era hija única, le dejaron una fortuna, con la cual efectuó una compra singular y significativa: la mansión Keystone, la antigua casona colonial de ocho habitaciones que había estado clausurada durante años y por la que pagó una suma astronómica. Desde 1940 los lugareños vivían discutiendo acerca de cuál había sido el acto más excéntrico de Bee: comprar aquella casa enorme o restaurarla por dentro y por fuera.

¡Todas las habitaciones para mí!

Gozaban de la vista del estrecho gracias a sus grandes ventanas a la francesa, de dos hojas, cuyas bisagras chirriaban en las noches de viento. Mi madre siempre decía que aquella casa era demasiado grande para una mujer sin hijos. Pero yo creo que estaba celosa, porque ella vivía en una casa estilo rancho californiano de tres dormitorios. La gran puerta principal crujió cuando Bee y yo entramos. —Ven —dijo—, encenderé la chimenea y después nos serviré una copa. La observé mientras acomodaba los leños en la chimenea. Pensé que debía ser yo y no ella quien lo hiciera. Pero me sentía demasiado cansada como para Violetas de marzo Sarah Jio moverme. Me dolían las piernas. Me dolía todo, y sabía que el coste de vida en Japon era caro.

Enlace de la información: Trabajar en el extranjero

viernes, 27 de julio de 2012

La riqueza de Bélgica medida en palabras


—¡Emily! —exclamó, saliendo como una tromba del coche con los brazos abiertos. Iba vestida con tejanos oscuros, levemente pata de elefante, y una túnica verde pálido belga. Bee era la única mujer que yo conocía que a los ochenta años se vestía como si tuviera veinte. Bueno, veintitantos, de los años sesenta, quizás. El estampado de su camisa era de diseño de Cachemira de Bélgica. Sentí un nudo en la garganta cuando nos abrazamos. Ni una lágrima, solo un nudo. Estaba conversando con tu vecino... —dije, dándome cuenta de que no conocía su nombre. Henry —dijo sonriéndome y tendiéndome la mano. Mucho gusto, Henry. Soy Emily —había algo en él que me resultaba familiar—. Nos habíamos visto antes, ¿verdad? Sí, pero eras una niña. Miró a Bee y movió la cabeza con expresión de asombro.


Debemos irnos, pequeña

Dijo Bee adelantándose a Henry—. Deben de ser por lo menos las dos de la mañana hora en Bélgica. Hora de Nueva York. Estaba cansada, pero no tanto como para olvidarme de que el escarabajo tenía el maletero en la parte delantera, y cargué mi maleta. Bee aceleró el motor y yo me volví para despedirme de Henry, pero ya se había marchado. Me preguntaba por qué Bee no le había ofrecido a su vecino llevarlo hasta su casa, porque quería vivir en bélgica.


¡Qué estupendo tenerte aquí, cariño!

dijo mientras arrancaba a toda pastilla de la terminal. Los cinturones del coche no funcionaban, pero no me importó. En la isla, con Bee, me sentía segura en el país belga. Mientras el escarabajo avanzaba dando tumbos por la carretera, yo miraba por la ventanilla el cielo invernal cargado de estrellas. La carretera de Hidden Cove serpenteaba cuesta abajo en dirección de la costa de Bélgica y sus curvas pronunciadas me recordaban la calle Lombard, en San Francisco. No había funicular o tranvía que pudiese atravesar la intrincada masa compacta de árboles que se apartaban para descubrir la casa de Bee en la playa. Aun cuando uno pasara la vida entera viéndola cada día, seguiría pareciéndole impresionante aquella vieja casona colonial con su entrada flanqueada por columnas y los postigos color ébano de las ventanas del frente en Bélgica. Tío Bill había insistido para que ella los pintara de verde. Mamá decía que tenían que haber sido azules. Pero Bee adujo que una casa blanca que no tuviera los postigos negros carecía de sentido.


Fuente